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La prevalencia de niños con trastornos del espectro autista (TEA) se estima ahora en uno de cada 68 niños. Hasta la fecha, la intervención conductual intensiva temprana (en inglés: Early Intensive Behavioral Intervention -EIBI), que se basa en los principios de la Análisis de comportamiento aplicado (ABA), es la terapia más elegida para niños pequeños. Este tipo de intervención, ayuda, en particular, a mejorar los niveles de adaptación del funcionamiento, así como el lenguaje, reduciendo al mismo tiempo algunos síntomas relacionados con el autismo, tales como gestos estereotipados y  trastornos del comportamiento. Los programas EIBI usan una variedad de estrategias basadas en ABA, como apoyos visuales, refuerzo positivo, análisis de conducta, entre otras.

Esta revisión encontró que los estudios sobre la eficacia de dicho tratamiento, describen parcialmente los resultados. El progreso de los niños que reciben el programa no es analizado en comparación a otros tipos de intervención. En cambio, los autores generalmente usan variables relacionadas con los niños (por ejemplo, edad, funcionamiento adaptativo, nivel intelectual, cociente intelectual o gravedad de los síntomas antes intervención) para analizar los efectos de la intervención, pero no examinan cómo se relacionan estas variables con las características de la intervención recibida. Además, la mayoría de los autores no incluyen una medida de fidelidad en sus estudios para ayudar con el proceso de implementación y las relaciones entre la implementación y los resultados de la intervención, como se sugiere por varios autores.

La literatura científica recomienda la aplicación de programas EIBI durante 25 a 40 h por semana durante un período de 12 a 24 meses. La intensidad de la intervención ofrecida en los estudios evaluados varían entre 15 y 35 h por semana, en un período que va de seis a 36 meses. Mientras que algunos autores concluyen  que la  intensidad de la intervención es una variable que media los efectos, otros señalan que los efectos están influidos principalmente por las variables relacionadas con los niños, como su nivel de desarrollo antes de la intervención, así como por aquellos relacionados con los padres.

Sólo uno de los estudios revisados vinculó la adherencia al programa con los efectos de la intervención y muestra que la adhesión al mismo, influye en la respuesta del niño al tratamiento.

En cuanto a la dimensión de diferenciación, a pesar de incluir grupos control o de comparación, ninguno intentó distinguir qué componentes específicos de cada programa eran responsables de su efectividad o para determinar cuánto diferían realmente las intervenciones entre sí. Finalmente, la información sobre las dimensiones de calidad y participación es  prácticamente inexistente.

Esta revisión muestra claramente las limitaciones relativas a la evaluación de los estudios sobre la eficacia de la intervención conductual intensiva temprana (EIBI) en niños con TEA, aunque es reconocida dentro de las buenas prácticas, por sus buenos resultados.

La implementación de un protocolo de intervención no está garantizada, y los programas pueden modificarse o sufrir adaptaciones en la práctica. Sin implementación de estos datos, es arriesgado concluir que una intervención es efectiva, ya que la implementada podría diferir de la propuesta originalmente. El riesgo es aún mayor en el caso de una intervención como EIBI, que consiste en varios procedimientos que se aplican dependiendo del nivel de desarrollo y las necesidades de cada niño.

En la era de las Prácticas Basadas en la Evidencia, es crucial que las medidas de implementación sean incorporadas en investigaciones futuras y que sean analizadas en la evaluación de efectos. Hasta el momento, a pesar de haber sido utilizados parcialmente en algunos estudios, estos datos se tratan generalmente como componentes de la formación previa para los terapeutas y no como factores que influyen en la eficacia de la intervención. En relación con su contribución para los contextos clínicos, las medidas de implementación podrían servir de guía para aplicar y evaluar prácticas.  Además de asegurar la estandarización entre centros. Por lo tanto, el trabajo futuro en el campo del EIBI debe enfocarse en el desarrollo de herramientas de evaluación estandarizadas que podrían usarse para evaluar de manera implícita la fidelidad de los modelos de comprensión y proporcionar directrices a los centros de intervención que desearían usarlos. Este tipo de herramienta sin duda representaría la manera de implementar fielmente las prácticas de calidad basadas en la evidencia en los centros de intervención de la comunidad.

Los resultados de estas evaluaciones podrían guiar a los responsables de la toma de decisiones al esclarecer qué  intervenciones son eficaces para los niños con TEA y sus familias.

Modificado de: Caron V, Bérub A, Paquet A. 2017. Implementation evaluation of early intensive behavioral intervention programs for children with autism spectrum disorders: A systematic review of studies in the last decade. Evaluation and Program Planning 62: 1–8

Foto: Towne Post Network Flickr via Compfight cc