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Hace unos meses atrás empecé a pensar cual era la mejor manera de festejar los 18, tal vez una cena, tal vez un paseo, tal vez invitar a la familia a casa. Ninguna de esas cosas me parecía suficiente para celebrar la vida, tal vez peculiar, pero seguro intensamente vivida.

Un día desperté y dije porque no una fiesta con todas las letras, donde todos los que somos parte importante de su vida, y de la nuestra esten presentes festejando la felicidad de los 18 años de Lu, el ingreso a su vida adulta, el paso a la mayoría de edad.

Entonces comencé a hacer la lista de que cosas tenían que estar ese día, por supuesto todo lo que a él le gustara, un espacio libre lleno de livings para que todos pudieran sentarse, pero no sentirse obligados a estar en una mesa, ya que a él le gusta deambular por el espacio; su música preferida la cumbia, el reggeton y la bachata para bailar hasta cansarnos, las luces de colores como si fuera boliche; el video ya que ama las fotos; la pizza, helado y tortas comidas favoritas que jamás pueden fallar; los souvenirs hechos por sus propias manos y las de sus compañeros; y lo que más costó definir era quien estaría presente y quien no, en honor a la verdad podría haber invitado más de 200 personas si tuvieran que ser todos los que pasaron por su vida.

Cuando comenzamos a hablar del tema, primero pensaron que estaba loca, “a él no le va a interesar”, “se va a sentir incómodo con tanta gente”, y varias cosas más que yo misma pensaba.

Pero aún así, quisimos probar, si fracasabamos, era una caida más de las tantas que tuvimos en 18 años. Asique pusimos manos a la obra y papas y hermanas comenzamos con la planificación, como somos bastante sencillos no nos llevó mucho tiempo armar el evento.

Y el 9/4 llegó el momento, la hora de la verdad, muchos eran los invitados, 70. Se empezó a llenar el salón de gente, ruido, risas, comida que pasaba, todos saludandolo, sacandose fotos con él, baile con música y luces al mango y como invitados estrella 4 amigos con sus familias, todo un desafío porque ellos si no conocían a la gente, ni estaban muy preparados para lo que pasaba.

Y todo resultó tal cual lo había soñado, él fue felíz y no en su mundo, sino en el nuestro, disfrutó, compartió, bailó, comió, seguro se emocionó también cuando vió a sus abuelos que hoy ya no estan. Fue todo perfecto, y lo mejor aún es que no solo él, sino sus amigos también se sintieron bien, en un ambiente cálido, donde no eran mirados como diferentes, sino como únicos; bailaron sin importar si conocían o no a quien los invitaba a hacerlo, comieron, sonrieron, creo que también fueron felices.

Ahora pasado ya el evento, decimos que con amor y contención todo se puede; a los 10 esta fiesta hubiera sido imposible de pensar, necesitamos transitar mucho para que así resultara todo.

Como bien dicen en Brincar, “diferente significa único”, él es único e irrepetible como lo somos todos, pero ese único hoy no tiene límites, tal vez los límites se los pongamos nosotros y la sociedad, cuando no nos tomamos el tiempo de pensar como hacer para que pueda mostrar y lograr todas sus capacidades.

Mi hijo ya es mayor de edad, ahora a enfrentar el futuro con la seguridad de que “se puede”, solo hay que buscar la forma, en eso estamos junto a muchas familias que creen como nosotros que un mundo mejor es posible, para ellos y para todos.

Patricia Orea, mamá de Lucas

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